Emburucuyá


Simpatía por el coludo
Lunes, agosto 18, 2008, 2:16 am
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El pelado canta, enchufados los audífonos, mientras barre la calle. La calle está vacía, por cierto, y ningún auto pasará. Hoy es domingo.

Pleased to meet you. Hope you get my name, dice sin escrúpulos.

Y uno, como pidiendo disculpas, camina nomás y sabe que hay una jornada de trabajo por delante.

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Condorito
Sábado, julio 19, 2008, 2:35 am
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Me senté y frente a mí había una mujer leyendo Condorito. No recuerdo hace cuánto no veía a alguien leer Condorito. Menos en un lugar así.

La miré por varias estaciones hasta que se me cerraron los ojos. No fue tanto, cierto, pero suficiente para leer varios chistes. Nada de nada: no hizo ni un solo amago de sonrisa.

Después desperté en Vicente Valdés y ya no estaba.




A propósito de Canto para una semilla
Lunes, noviembre 26, 2007, 1:50 am
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El viernes pasado con Tamara fuimos a El canto de todos, el concierto donde se celebraban los 90 años del natalicio de Violeta Parra. Esperábamos algunas cosas: el merchandising cubanoproletariocombativo, que no nos gustaran todas las bandas y que muchos se llenaran la boca con la homenajeada. Las esperábamos y son normales, daban lo mismo. Ese día uno de los números estelares era la presentación de Canto para una semilla, la cantata hecha con décimas autobiográficas de Violeta Parra cuya portada ilustra esta entrada. La escribió Luis Advis en 1971 para Inti Illimani e Isabel Parra como cantante, sumando a la actriz Carmen Bunster en los relatos. En el Parque Ohiggins la tocaban casi los mismos Inti que grabaron el disco (esos llamados “históricos”), con la mismísima Isabel Parra en la voz. Los relatos los hacía Ximena Rivas y se sumaban Tita Parra, Javiera Parra, la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro de la Universidad de Concepción. Los arreglos orquestales los hizo don Luis, pero a su muerte los terminó Horacio Salinas, de los Inti. Era primera vez que se presentaba con aquellos arreglos. Tocó Silvio Rodríguez y fue el éxtasis, incluso mucha gente se fue. Cuando por fin venía el Canto para una semilla, a nuestro lado se instaló un tipo con dos mujeres que gritaron los más de cuarenta minutos que duró la presentación. Un poco más allá otro tocando una trutruca…Uno entiende que la recepción sea más bien fría, que no es la enésima versión de Quién es la que viene allí, que ya había miles de botellas en el suelo, que el concierto también era un gran carrete... Pero no que no sean capaces de escuchar con respeto o “conversar” donde no molesten. Menos se entiende cuando son las mismas personas que gritaban y aplaudían cada vez que les decían violeta, víctor, neruda. No son capaces de escuchar pero vitorean cuando se dan cuenta que Ximena Rivas recita parte de Gracias a la vida. “Que se toquen un Sambalandó que sea” dijo el tipo cuando terminó la cantata. Lo que se siente es más parecido a la pena que al enojo.

De todos modos, la presentación fue bellísima. Nos quedamos con la sensación de que en un teatro sería óptima, pero era un lindo gesto un concierto masivo y gratuito. Lástima que algunos no estén a la altura. Canto para una semilla es un disco de aquellos. En mi opinión, de los más bonito que se haya grabado por estos lados. Basta ver la carátula y los nombres involucrados para hacerse una idea. Por todo eso, bájelo aquí antes de que desaparezca. Hágase el favor.

Fotos del concierto aquí.
Esta entrada fue actualizada en la madrugada del 29 de noviembre.



La semana UDI
Sábado, septiembre 1, 2007, 3:43 am
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Ya que debo tener un blog, lo usaré. Esto lo escribí a fines de 2005, creo, para un taller de reportaje… creo. Había que hacer algo con las elecciones de esos días. Obviamente cambiaría cosas, pero bah.

La semana UDI

Esta es la historia de un reportaje que pretendía recorrer calles, casas, plazas y ferias de La Reina en plena campaña parlamentaria y presidencial. En vez de eso, terminó convertido en el relato de una salida a una discotheque de La Reina. Con María Angélica Cristi y sus amigas.

Rodrigo Alarcón L.

Son más de las ocho y la chica con polera y bandera y jockey de Longueira me habla mientras sigue agitando la bandera. Los autos pasan en cantidades, es lo que algún genio llamó la hora del taco. “¿Por qué no vai a hablar con la señora Pamela mejor? Si vive ahí en la calle de más allá… Son como 15 minutos caminando… y tú andai en bicicleta”. “¿Y está ahí?” “Sii… si está enferma además”. Parece que sonríe un poco. Me despido y sigo mi camino. De vuelta, subo la calle que cada vez se empina más. La Reina es una comuna hostil para ciclistas desde ciertas cuadras hacia arriba. Efectivamente, el número que me dio la chica de la bandera está pocos metros más allá.

– La señora está enferma. A ver… espérame un poquito.
– ¿Señora Pamela Gallegos?
– Sí, con ella.
Los perros ladran chillones y el diálogo por citófono es imposible.
– A ver, pasa mejor.

Espero en una cocina. Se pasea otra chica que también debe agitar banderas de la UDI en alguna esquina. Se pasea el tipo con el que hablé el otro día mientras agitaba una bandera. Ninguno tiene más de 17 años, seguro, y sus peinados quedan perfectos para un programa juvenil. Con piercing además. También se pasea Marujita…

– La señora está en bata, pero igual te va a atender. Pasa por allá.

Rubia platinada, vieja pero arreglada. Bata completamente blanca. Cara gorda. Te recibí sólo porque yo también estudie periodismo. Nos sentamos en un sillón y hablamos. “De la Chile, en segundo año”, digo. Me siento incómodo con short y polera en ese living. Afuera hay un patio enorme y una piscina. Me cuenta de su hija que sale de sicología en la Católica, que vuelve de Europa después de 3 meses, que su casa esta revolucionada: a medio camino entre la fiesta por el regreso y la vida de comando UDI que llevan. Recuerdo que en el patio hay propaganda – esa contra los que todos reclaman – de la UDI tirada detrás de un auto. “¡Y a mí me da neumonía justo ahora!” La señora me dice que es concejal, que se fue de Chile a México para el gobierno de Allende y que estudiaba en la UNAM, como si nos conociéramos hace mucho. “¡Marujita tráeme un papel y un lápiz!” Maruja no responde. Se para, miro los libros de arte que hay en la mesa. Dudo que los revisen. O quizás sí.

“Entonces la llamo. El jueves, ya”. “Ahí está mi teléfono”. “Muchas gracias”. Nos despedimos de beso y tengo una sensación rara. De tía a la que no se quiere. Nadie me sale a dejar. Enfilo cuesta abajo en bicicleta. Por suerte la bicicleta agarra vuelo y me alejo. No tanto… vivo unas cuadras más abajo.

Teléfono I

-¿Aló?
-¿Aló, señora Pamela?
– Sí con ella…
– Hola, soy Rodrigo Alarcón. Estuve en su casa hace unos días. Me dijo que la llamara hoy.
– Aah, hola. Mira, no, no quedan cupos.
– ¿Cómo?
– ¿Tú qué querías?
– Que me avisara de alguna actividad de campaña para ir a report…
– Aaaah, ya. No, mira, no ha habido nada.
– Aah.. ¿y pronto no hay nada?
– Hay cosas, lo de siempre, siempre hay cosas… el sábado o el domingo va a ir Longueira a la feria también..
– Ah eso podría ser.
– Sí, yo te llamo y te aviso.
– Ok. Muchas gracias, chao.
– Chao.

Teléfono II

-¿Aló?
-¿Aló, señora Pamela?
– Sí con ella…
– Hola, soy Rodrigo Alarcón… (silencio) Estuve en su casa hace algunos días y la llamé el jueves…(silencio de nuevo). Yo quería reportear alguna actividad de la campaña y usted me dijo que me iba a llamar, pero parece que no pasó nada…
– Ah, no. Mira, el miércoles es el cierre de campaña en el Estadio Nacional.
– Aah… ¿y antes?
– Eeeh… mañana hay una reunión de apoderados de mesa. A las 7 en Las Brujas.
– A las 7 en Las Brujas. Ok. Gracias, chao.
– Chao.

Vamos a Las Brujas

7 de la tarde. Irarrázaval con Macul. La única micro que sirve pasa de largo. Atraso asegurado. ¿Serán puntuales en estas reuniones o serán como mis amigos? 7:23. Las Brujas. Todo casi desierto. ¿Se habrá terminado ya? Una señora me grita desde un auto: “¿Sabe donde está eso de El Rancho?” Encojo los hombros. Esa vieja debe ir a la reunión también, pero está más perdida que yo. Un peinado a lo María Angélica Cristi atraviesa raudo el estacionamiento de Las Brujas a bordo de un auto. Cruza un portal y dobla a la derecha. Todo a la derecha. A El Rancho dice un letrero. Por ahí es la cosa.

En una de las entradas a la discotheque hay por lo menos diez personas en las veredas agitando banderas de Longueira. En los cables, un letrero de la candidata. En la entrada de El Rancho, gente conversando y la misma María Angélica Cristi junto a su auto. En pasillo para entrar hay una mesa llena de volantes que multiplican su cara. Es una situación extraña. Hay muchas María Angélica Cristi. Está la de verdad, las seguidoras, las de los papeles. Lo importante es que aquí es la cosa.

En la disco

Una especie de salón de Las Brujas está habilitado para el cónclave. Hay sillas, parlantes al fondo, una mesa larga – como Té Club – repleta de volantes, calendarios, ¡fósforos! y tarjetas de navidad en los que Lavín, Longueira y Cristi sonríen como en todo Chile, Santiago y La Reina. Las mismas fotos. Saco un ejemplar de cada especie. Los fósforos son especialmente estimulantes.

Hay gente pero aún no pasa nada. Se pasean viejas seguidoras de Cristi – de su peinado y bronceado – y otras que también lo deben ser, aunque como diputada. Hay señores que deben compartir asados con Longueira. Descontando algunos niños, soy el único menor de treinta o cuarenta. La situación variará poco con el correr de los minutos. Un par de señoras se pasean ofreciendo vasos con coca cola y pan de pascua. La coca cola helada es especialmente sabrosa a esa hora y tres vasos me lo confirmarán durante lo que queda de tarde. Me como los hielos también, cuidando que nadie me note. Especialmente María Angélica.

Los minutos corren y no ocurre nada. La gente conversa, se saludan la mayoría – “¡Qué gusto verte! ¡Tantos años!” – y se pasean. María Angélica entra después de largo rato. Al parecer a nadie le resulta una figura extraordinaria, porque nadie se alborota y casi la ignoran. O quizás es porque se confunde entre tantas mujeres parecidas.

– Era aquí. – La señora que me gritó desde el auto toma bebida a mi lado. Apenas alcanzo a notarle dos dientes.
– Sí. ¿Usted es apoderada?
Se encoge de hombros tal como lo hiciera antes yo en el estacionamiento. Confusamente , me explica que viene de Nos, que antes vivía en La Reina y su hija le avisó que tenía que presentarse. Dice que si no lo hace le pueden pasar una multa.
– ¿Y quién le va a pasar una multa?
– No sé…
– ¿Es de la UDI usted?
Se encoge de hombros de nuevo.
– A mí de política, no me pregunten…

¿Qué hacía ahí? ¿Cómo llegó? Realmente estaba perdida. Primera curiosidad de la tarde.

Brujas

Los minutos siguen corriendo y poco pasa. Hay una mujer que recorre el lugar tomando los datos de cada apoderado que ahí está. La evito durante todo ese tiempo mientras sigo tomando bebida. Luego sabré que ella es Julita. Pamela Gallegos saluda a todo el mundo, reparte besos y sonrisas y habla de todo y con todos. Hay más señoras como ella y María Angélica. Hay más señores como Longueira. Jamás pensé que el estereotipo UDI fuera superado por los ejemplares originales.

Hay algunas personas que no entran en esa categoría. Más bien se parecen a los chicos que están en las calles agitando banderas. Un grupo de señoras de aquellas está enojado. La más pequeña y más vieja de ellas dice que son las que más trabajan y ni siquiera les dan un vaso de agua. Que pescan a los que hacen menos y que ellas están desde las 8. Una señora muy rubia y bronceada, de calipso como María Angélica, promete solucionar el problema. Consigue bebidas, pan, y se las lleva afuera a conversar. Poco rato después las mujeres se retiran y la señora de calipso sigue su camino de sonrisas.

– ¿Supiste la última?
– No.. ¿qué?
– Que viene la vieja del Kirljner (sic) al cierre de campaña de la Bachelet. El Lavín está enojado. En La Segunda decía.
Unas mujeres gordas conversan sobre la noticia de la tarde. El diálogo se pierde, pero sus caras son de reprobación todo el tiempo. Son fáciles de imaginar en televisión reclamando porque a su niño lo atienden en el pasillo del hospital, porque su casa se llueve o porque los jóvenes se drogan en las esquinas de su población.

Pamela Gallegos se para frente a todos y comienza hablar. Que las carpetas, que los apoderados tienen que llenarlas, que ya las llenaron…
– A ver, vayan mejor todos ahí donde están esas chiquillas y las llenan.
– ¿Es una orden o una sugerencia? – dicen desde los que están sentados.
– Es una orden poh, si estamos en la UDI.

Todos ríen. Todos obedecen.

Estrellas y brujas

María Angélica se dirige a todos. Les habla de lo fundamentales que son. Dice que tienen que ganar los tres – Cristi, Longueira, Lavín -, y que con uno no sacan nada. La gente asiente. María Angélica es tan simpática que casi dan ganas de arrepentirse de no estar inscrito para votar por ella. La sonrisa, el peinado, las arrugas y el bronceado de sus carteles están ahí, son reales. Saludan a todo el mundo. A todos los escuchan. Incluso a mí me invita al evento del Estadio Nacional. Lleven a sus familias, hijos, hermanos, nietos… Pienso en mis nuevos fósforos y que ahora podré tenerla siempre junto a mí. Cerca de la gente, como ella promete en uno de los volantes. María Angélica es una estrella.

La verdadera, sin embargo, es Pamela Gallegos. María Angélica le deja la palabra y ella presenta a los apoderados generales. “Él es Eduardo Lavín… ¿tengo que repetirles el apellido?” Todos ríen, es tan simpática Pamela. Ella interrumpe a todos cada vez que necesita decir algo. Pide que levanten la mano los que van al estadio en la micro que parte de su casa. “Bueno aquí casi todos conocen donde vivo…. La sede de la UDI es mi casa”.

El sopor viene con la verdadera reunión. Le dan la palabra a un perno. Sí, un perno de los peores. Toda la simpatía de Pamela y María Angélica se esfuma. Un tipo de corbata toma el micrófono que nunca funcionó bien, expone con diapositivas auriazules y tira chistes terribles: “En Chile hay tres husos horarios: el de Chile continental, el de Chile insular y el de la UDI que es media hora más tarde”. “Ustedes son fundamentales. Fun-da-men-ta-les. Lo voy a decir dos veces más. Fun-da-men-ta-les. Fun-da-men-ta-les”. Su exposición es realmente horrible y las preguntas de los futuros apoderados de mesa todavía peores. El tipo responde tres veces la misma pregunta y sigue sonriendo. Afuera está casi oscuro y el brillo de la tarde se esfuma adentro también.

“Ustedes saben que en esta elección hay un candidato con más recursos que nosotros”, dice a propósito de unos papeles que costaron 100 pesos a la UDI cada uno. Los chistes sobre Piñera son constantes, aunque jamás lo nombran. “Nosotros no hacemos trampa”. Acto seguido, insta a estar atentos siempre a la pillería. Dice que la elección pasada se perdió por un voto en cada mesa. Que en Talcahuano perdieron con trampa. Muestra fotos de votos. Que los noticiarios andan vueltos locos y cualquier cosa que pase, los apoderados deben avisar y el comando central “canaliza” la situación. Pamela lo interrumpe de vez en cuando. María Angélica también, cuando no está paseándose.

El perno sigue hablando de votos blancos, nulos, apoderados y mesas cuando una señora me asusta:
– ¿Usted en qué colegio vota?
La miro y me asusto más.
– No.. yo no…
– No vota. ¿Y quién le avisó de esta reunión?
– La señora Pamela.
Asiente y camina hacia ella. Conversan. Me miran mientras sigo atentamente la exposición a los apoderados. De pronto, Pamela está detrás de mi silla.
– ¿Tu tienes carpeta?
– No, yo no. Yo fui a su casa el otro día, ¿se acuerda?
– Aaah, sí. Hola. Ah ya, ok.
Vuelve donde la otra mujer. Se dicen algo. El perno sigue hablando. Se acabaron las bebidas. Está oscuro. Mejor me voy de la discotheque.

(La foto es de UDI)
PD: Los fósforos los conservo como reliquia.



Quintay
Viernes, agosto 24, 2007, 2:43 am
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Partimos el 24 de julio, fue martes. A la 9:30 de la mañana fue la cita en la estación de metro, media hora después ya nos subíamos a un bus. Pasaje estudiante, $3600 ida y vuelta. Una pareja no mayor que nosotros se entretenía por igual con su guagua y su celular expendedor de reggaeton. Eso hasta que comenzó la película y cesó el ruido.

Descendimos por los cerros que dan la bienvenida a Valparaíso y tampoco demoramos en remontarlos de vuelta, ahora en un colectivo amarillo con destino a Quintay. $1300. De los dos pasajeros que también lo ocupaban, solo recuerdo a una mujer que llevaba un perro tan pequeño que apenas se veía. No hizo sonido alguno. Dormité en la cuesta anterior a Quintay. El día era soleado, el aire frío, todo en su lugar.

Nos bajamos en el destino de otro pasajero y quedamos con nuestras mochilas parados en la “avenida”, frente a la plaza, frente a los supermercados, frente al local de Internet y videojuegos.

Las opciones eran la cabaña de Jim o deambular buscando. Pretendimos buscar: preguntamos a un hombrecito que dejó su caminar concentrado para indicarnos un lugar, diría que con alegría. Fuimos, miramos, y nos decidimos por Jim.

Quintay no es grande y en nueve meses nada se olvida. Todo estaba ahí, salvo don Dago, que en septiembre nos recibió de inmediato. Una vieja salió deambulando entre las cabañas, buscaba también al hombre para que recibiera un pequeño bus lleno de ancianos. Era de Quintay, pero algún motivo la hacía buscarlo. Solidaridad generacional, quizás. O simple amabilidad. Nos habló también: que debe haber ido a Valparaíso, que lo voy a buscar igual, que abajo todo es más caro, que ya llegará. Una llamada por celular nos prometió al dueño en un par de horas, había que bajar por comida y mar.

La Sirena. Mesera rioplatense. Discurso de bienvenida, besos de despedida. Pebre y ceviche con pan, pescado frito con arroz y congrio al arriero con papas fritas, coca colas y menta para uno, manzanilla para la otra fue el menú. A metros del mar, con bonita vista, agradable viento y sol brillante. Después de un rato la rioplatense nos reconoció de septiembre y fue todavía más amable. La subida de vuelta, mochila en la espalda, fue dificultosa.

Don Dago estaba y recordatorio mediante nos entregó a las poses de Jim con suficiente descuento. Salvo detalles, la cabaña seguía igual.

En adelante, nos abandonamos a una vida pausada e íntima. Casi no hablamos con gente hasta el sábado. Apenas hubo diálogos haciendo algunas compras o cuando la llave se quedó adentro y don Dago dijo que ningún problema. También hubo intercambio de palabras con un viajero de rostro demasiado colorado que llegó en busca de alojamiento. Como nos ocurrió a nosotros, nadie lo recibió y gustoso habló por el teléfono que le prestamos. Al parecer no se quedó, luego lo encontraríamos en el metro, ya de regreso hacia nuestras casas.

Nos ocupamos paseando a la playa y la caleta, tomando fotos, durmiendo, desayunando a mediodía, cantando y escribiendo a veces, escuchando discos y comiendo en abundancia. Además de algunos episodios inenarrables.

Recuerdo Buddy Holly, Get Up Kids, Graham. Coxon, Beatles, Rolling Stones, Billie Holiday, Neil Young, Café Tacuba, Bob Marley, Skatalites, Augustus Pablo, Marisa Monte, The Who y Joao Glberto & Stan Getz.

No tuvimos reparo con abundantes fideos, atún, salsa de tomate, arroz, vienesas de pavo, pan amasado, mermelada, jamón sándwich, queso laminado, empanadas, sopas, mate Canarias, té Lipton, café Cruzeiro, guacamole, papas fritas Evercrisp y galletas Santiago. También hubo vino, martini, ron, Sprite y Coca Cola. Mención destacada para la jugosa posta con papas fritas, a la medianoche del viernes.

En Quintay no hay mucho para hacer, como lo piden los habitantes de las ciudades. Se puede ir a la playa, a media hora de caminata hacia el norte, por un bonito camino de gravilla casi vacío. La playa es muy grande y está rodeada por un condominio elegante al norte y casas variopintas al sur. Hacia el condominio hay enormes cerros eternamente verdes y hacia el sur un humedal con aves. Caminando por las rocas hacia el sur hay más casas, una de ellas de madera en un enorme montículo comunicada por un puente también de madera con la costa. La cuida una empresa de seguridad y estaba vacía. Tiene una vista de aquellas, seguro.

La caleta es pequeña. Rodeada de restaurantes preparados cualquier día para recibir cientos de clientes que nunca llegan. También ahí hay bellos atardeceres, donde el sol se esconde en la silueta de la antigua ballenera, hoy convertida en “museo”. La entrada vale mil pesos que no pagamos. Ya la conocemos. Ahí nos sentamos un día, en la arena, a tomar mate y fotos, mientras pescadores sacaban un bote y otros pocos tiraban restos de erizos en las rocas. Restos esperados por una multitud de gaviotas desilusionadas cuando se dieron cuenta de qué se trataba. Divisamos fugazmente, también, un lobo marino que asomó su hocico.

En la playa y en todo Quintay hay perros. No sería raro que más numerosos que los pobladores. Deambulan entre rocas, arena, calles de tierra, casas abiertas. En cualquier lugar. Van a alguna parte, pocas veces están quietos. De pronto ladran, corren, se agitan un poco y vuelven al mutismo. Buena parte de la vida del lugar se la llevan los perros.

Las mayores aglomeraciones que vimos fueron abundantes niños en la plaza hace poco inaugurada, todos ocupados en los juegos todavía relucientes, y el viernes por la noche: con escasos grados de temperatura, adolescentes deambulaban por las calles vacías, cuchicheaban, gritaban, chiflaban. Apenas abrigados, reunidos varios frente al brillo de Internet y los juegos. También un kiosco de madera abría puertas clausuradas al día para ofrecer completos, sándwichs, papas fritas, y populares chorrillanas, todas cocinadas en el momento. Además de un televisor con una película digna de las risas y burlas de los presentes. No se pueden ignorar, antes de terminar, la iglesia católica con forma de embarcación, en una esquina de la plaza, cuyo campanario da la hora para todo el pueblo, ni la sinagoga a medio construir, pocos pasos más allá, ni la iglesia metodista que está a su lado, a la que nos invitaron a concurrir una decena de evangélicos que cantaban en la plaza a una audiencia casi invisible, silenciosa e indiferente.

De regreso nos trajimos algunas sobras, una melodía con el nombre de la caleta y mochilas mucho más livianas. Dejamos un llavero roto por casualidad. Del viaje de regreso hay poco que destacar. El sol que esperaba un par de kilómetros fuera de Quintay y las nubes y el frío que hacían lo mismo en Valparaíso, como puestos por alguien tras el letrero que anuncia la ciudad. Aquellos tres puestos contra la pared por la policía por haber robado la empresa que nos transportaba, al parecer. El malestar en nuestras cabezas por volver, la noche anterior, la cuesta que lleva de la carretera al mar y la lectura invasiva del diario de la compañera de colectivo, en medio del vaivén caminero.

Parece que todo estuviera quieto en Quintay. Todo igual. Las viviendas enormes y lujosas al costado de las casuchas casi derruidas. Las casas resbalando del cerro con Leonardo Favio o un tango cualquiera de fondo. Los gatos escasos pero presentes. Los niños apedreando gaviotas, y jugando entre botes. Los televisores transmitiendo programas de moda en los supermercados, con jugadores de moda impresos en pañuelos desechables y licores numerosos que nunca pasan de moda. Menos en un lugar así. Es un lugar cercano a las ciudades asfixiantes, pero respira pausado como los que gustamos de visitarlo.