Emburucuyá


Quintay
Viernes, agosto 24, 2007, 2:43 am
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Partimos el 24 de julio, fue martes. A la 9:30 de la mañana fue la cita en la estación de metro, media hora después ya nos subíamos a un bus. Pasaje estudiante, $3600 ida y vuelta. Una pareja no mayor que nosotros se entretenía por igual con su guagua y su celular expendedor de reggaeton. Eso hasta que comenzó la película y cesó el ruido.

Descendimos por los cerros que dan la bienvenida a Valparaíso y tampoco demoramos en remontarlos de vuelta, ahora en un colectivo amarillo con destino a Quintay. $1300. De los dos pasajeros que también lo ocupaban, solo recuerdo a una mujer que llevaba un perro tan pequeño que apenas se veía. No hizo sonido alguno. Dormité en la cuesta anterior a Quintay. El día era soleado, el aire frío, todo en su lugar.

Nos bajamos en el destino de otro pasajero y quedamos con nuestras mochilas parados en la “avenida”, frente a la plaza, frente a los supermercados, frente al local de Internet y videojuegos.

Las opciones eran la cabaña de Jim o deambular buscando. Pretendimos buscar: preguntamos a un hombrecito que dejó su caminar concentrado para indicarnos un lugar, diría que con alegría. Fuimos, miramos, y nos decidimos por Jim.

Quintay no es grande y en nueve meses nada se olvida. Todo estaba ahí, salvo don Dago, que en septiembre nos recibió de inmediato. Una vieja salió deambulando entre las cabañas, buscaba también al hombre para que recibiera un pequeño bus lleno de ancianos. Era de Quintay, pero algún motivo la hacía buscarlo. Solidaridad generacional, quizás. O simple amabilidad. Nos habló también: que debe haber ido a Valparaíso, que lo voy a buscar igual, que abajo todo es más caro, que ya llegará. Una llamada por celular nos prometió al dueño en un par de horas, había que bajar por comida y mar.

La Sirena. Mesera rioplatense. Discurso de bienvenida, besos de despedida. Pebre y ceviche con pan, pescado frito con arroz y congrio al arriero con papas fritas, coca colas y menta para uno, manzanilla para la otra fue el menú. A metros del mar, con bonita vista, agradable viento y sol brillante. Después de un rato la rioplatense nos reconoció de septiembre y fue todavía más amable. La subida de vuelta, mochila en la espalda, fue dificultosa.

Don Dago estaba y recordatorio mediante nos entregó a las poses de Jim con suficiente descuento. Salvo detalles, la cabaña seguía igual.

En adelante, nos abandonamos a una vida pausada e íntima. Casi no hablamos con gente hasta el sábado. Apenas hubo diálogos haciendo algunas compras o cuando la llave se quedó adentro y don Dago dijo que ningún problema. También hubo intercambio de palabras con un viajero de rostro demasiado colorado que llegó en busca de alojamiento. Como nos ocurrió a nosotros, nadie lo recibió y gustoso habló por el teléfono que le prestamos. Al parecer no se quedó, luego lo encontraríamos en el metro, ya de regreso hacia nuestras casas.

Nos ocupamos paseando a la playa y la caleta, tomando fotos, durmiendo, desayunando a mediodía, cantando y escribiendo a veces, escuchando discos y comiendo en abundancia. Además de algunos episodios inenarrables.

Recuerdo Buddy Holly, Get Up Kids, Graham. Coxon, Beatles, Rolling Stones, Billie Holiday, Neil Young, Café Tacuba, Bob Marley, Skatalites, Augustus Pablo, Marisa Monte, The Who y Joao Glberto & Stan Getz.

No tuvimos reparo con abundantes fideos, atún, salsa de tomate, arroz, vienesas de pavo, pan amasado, mermelada, jamón sándwich, queso laminado, empanadas, sopas, mate Canarias, té Lipton, café Cruzeiro, guacamole, papas fritas Evercrisp y galletas Santiago. También hubo vino, martini, ron, Sprite y Coca Cola. Mención destacada para la jugosa posta con papas fritas, a la medianoche del viernes.

En Quintay no hay mucho para hacer, como lo piden los habitantes de las ciudades. Se puede ir a la playa, a media hora de caminata hacia el norte, por un bonito camino de gravilla casi vacío. La playa es muy grande y está rodeada por un condominio elegante al norte y casas variopintas al sur. Hacia el condominio hay enormes cerros eternamente verdes y hacia el sur un humedal con aves. Caminando por las rocas hacia el sur hay más casas, una de ellas de madera en un enorme montículo comunicada por un puente también de madera con la costa. La cuida una empresa de seguridad y estaba vacía. Tiene una vista de aquellas, seguro.

La caleta es pequeña. Rodeada de restaurantes preparados cualquier día para recibir cientos de clientes que nunca llegan. También ahí hay bellos atardeceres, donde el sol se esconde en la silueta de la antigua ballenera, hoy convertida en “museo”. La entrada vale mil pesos que no pagamos. Ya la conocemos. Ahí nos sentamos un día, en la arena, a tomar mate y fotos, mientras pescadores sacaban un bote y otros pocos tiraban restos de erizos en las rocas. Restos esperados por una multitud de gaviotas desilusionadas cuando se dieron cuenta de qué se trataba. Divisamos fugazmente, también, un lobo marino que asomó su hocico.

En la playa y en todo Quintay hay perros. No sería raro que más numerosos que los pobladores. Deambulan entre rocas, arena, calles de tierra, casas abiertas. En cualquier lugar. Van a alguna parte, pocas veces están quietos. De pronto ladran, corren, se agitan un poco y vuelven al mutismo. Buena parte de la vida del lugar se la llevan los perros.

Las mayores aglomeraciones que vimos fueron abundantes niños en la plaza hace poco inaugurada, todos ocupados en los juegos todavía relucientes, y el viernes por la noche: con escasos grados de temperatura, adolescentes deambulaban por las calles vacías, cuchicheaban, gritaban, chiflaban. Apenas abrigados, reunidos varios frente al brillo de Internet y los juegos. También un kiosco de madera abría puertas clausuradas al día para ofrecer completos, sándwichs, papas fritas, y populares chorrillanas, todas cocinadas en el momento. Además de un televisor con una película digna de las risas y burlas de los presentes. No se pueden ignorar, antes de terminar, la iglesia católica con forma de embarcación, en una esquina de la plaza, cuyo campanario da la hora para todo el pueblo, ni la sinagoga a medio construir, pocos pasos más allá, ni la iglesia metodista que está a su lado, a la que nos invitaron a concurrir una decena de evangélicos que cantaban en la plaza a una audiencia casi invisible, silenciosa e indiferente.

De regreso nos trajimos algunas sobras, una melodía con el nombre de la caleta y mochilas mucho más livianas. Dejamos un llavero roto por casualidad. Del viaje de regreso hay poco que destacar. El sol que esperaba un par de kilómetros fuera de Quintay y las nubes y el frío que hacían lo mismo en Valparaíso, como puestos por alguien tras el letrero que anuncia la ciudad. Aquellos tres puestos contra la pared por la policía por haber robado la empresa que nos transportaba, al parecer. El malestar en nuestras cabezas por volver, la noche anterior, la cuesta que lleva de la carretera al mar y la lectura invasiva del diario de la compañera de colectivo, en medio del vaivén caminero.

Parece que todo estuviera quieto en Quintay. Todo igual. Las viviendas enormes y lujosas al costado de las casuchas casi derruidas. Las casas resbalando del cerro con Leonardo Favio o un tango cualquiera de fondo. Los gatos escasos pero presentes. Los niños apedreando gaviotas, y jugando entre botes. Los televisores transmitiendo programas de moda en los supermercados, con jugadores de moda impresos en pañuelos desechables y licores numerosos que nunca pasan de moda. Menos en un lugar así. Es un lugar cercano a las ciudades asfixiantes, pero respira pausado como los que gustamos de visitarlo.

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